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28 / 04 / 2009

Fernando Torres, un tipo de fiar

José Antonio Martín (Petón). Ex-Jugador y Periodista

Fuenlabrada, salvado el Oceáno, limita con Liverpool. Por el norte. Liverpool creció más tenaz que linda, más lista que coqueta, al paso de su vecina Manchester cuando aquella de la Revolución Industrial. Está hecha de un gris que sale del río Mersey como salía del Sena el fluido que desinhibía a los parisinos en el sueño de Boris Vian: hace cosas raras: raros músicos, equipos de fútbol raros, muy raros.

El Mersey pasa al costado de Fuenlabrada por la Aldehuela, El Bañuelo, La Pollina y el Cerro de la Cantueña; entre el taller, la nave y el trigal, Fuenlabrada también limita con Madrid.

Fernando Torres es de Fuenlabrada. Es gallego, de Liverpool y de Madrid. Fernando Torres es de Fuenlabrada. Y sus amigos de hoy, los que acuden a verle a su casa tranquila de Woolton, también son de Fuenlabrada. Son los compinches muy bucaneros que le esperaban a la puerta de su casa para ir a jugar al balón en la calle ¡parad que viene cocheee! cuando tenían seis años, tres después del desastre financiero que provocó el pecoso: tiró por la ventana el camión hucha donde se guardaban los ahorros de los hermanos. Ni la prisa que se dieron Mari Paz e Israel sirvió para recuperar la inmensa fortuna que regó de monedas de peseta la acera de la calle Alemania. El padre, Jose, y la madre, Flori, hubieron de convocar consejo familiar y se reunieron los dos con ellos mismos para tomar medidas preventivas a fin de moderar la actitud del pequeño, claramente dadivosa. La conclusión de la cumbre fue no exagerar, quizás no fuera espíritu despilfarrador sino mera travesura, y repetir con el chaval el mismo método educativo que habían utilizado con los mayores. Por ahí empezó a labrarse el éxito de Fernando Torres, por la siembra y el cuidado en el trazo de la arada que sobre él marcaron sus padres.

Ni un capricho de benjamín, ni una hora de estudio perdonada, ni una mentira reída, ni un desliz sin reprimenda. Por eso fue un estudiante sin suspensos y un muchacho atento al compromiso, la responsabilidad iba en el código de los Torres con las lentejas, la ropa limpia y las botas de fútbol. Ese era el truco, las botas de fútbol; por ahí tenía pillado el menor de la familia al forofo del balompié José Torres y por ahí enganchó el más listo del barrio a su señora madre: Flori cambió la sesión de tarde por viajes al campo de La Mina en Carabanchel, al Cotorruelo, a Navalcarbón, a Santa Eugenia y a un ciento más detrás del minifutbolista y al lado de su marido. Con once años era el delantero centro del Atlético de Madrid, el Aleti para los suyos.

Ahí empezó el recorrido que le ha puesto frente a The Kop, el legendario gradón del Liverpool. El fútbol crecía en él; los veranos más, compitiendo en las playas de la Costa de la Muerte con chicos mucho mayores que él. Cuenta Valle Inclán que en los campos de ese lar coruñés vio a campesinos detrás del buey vestidos con frac. Salían de los baúles que despanzurraba la escollera, trajes de etiqueta de los barcos naufragados. Al pie de esos acantilados mágicos, conoció Fernando a Olalla. Ella 15, él 17. Y Olalla, como aquel día, 7 años después. No es lo normal en una estrella pero este hombre, El Niño, de 25 recién cumplidos, el tercero del mundo, atlético y “red”, los mismos amigos, los mismos asesores, la misma novia, el mismo nudo familiar, se define por la lealtad. Muere por los suyos.

Fernando Torres, un tipo de fiar.

 

Columna publicada en la revista Vogue (Abril 2009)

 

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